por Sebastián Hadida (Noticias Argentinas)

Buenos Aires.- La lacerante crítica que lanzó la vicepresidente Cristina Kirchner en el plenario de la CTA contra el manejo de los planes sociales que realizan los movimientos populares reavivó la guerra entre La Cámpora y el Movimiento Evita, a las que las une una larga historia de resentimientos y desconfianzas mutuas.

La rivalidad entre las dos agrupaciones políticas con mayor desarrollo territorial no es nueva, ni se acota únicamente a diferencias sobre el rol de la economía informal en el modelo de desarrollo del país. Se remonta a la última parte del primer mandato de Cristina Kirchner (especialmente tras la muerte de Néstor Kirchner), cuando la agrupación liderada por Máximo Kirchner (en aquel momento desde las sombras) exhibía un crecimiento exorbitante en volumen militante al calor de un clima de época que estimulaba la politización de la juventud.

Navarro, Pérsico y Máximo Kirchner, juntos (aquí con Felipe Solá y otros), hace años, cuando integraron sus organizaciones. Duró poco: antes y después tuvieron más diferencias que coincidencias.

Los cuadros de esa agrupación ocupaban cada vez más cargos en las distintas estructuras del Estado y era evidente que la organización engordaba aceleradamente con los recursos públicos, al ocupar un lugar de favoritismo en la consideración de la entonces Presidente.

Ese crecimiento exponencial empezó a generar recelos en el Movimiento Evita, una organización preexistente al nacimiento del kirchnerismo, heredera del piquetero Movimiento de Trabajadores Desocupados Evita (MTD-Evita).

Las disputas por el territorio se convirtieron en moneda corriente. Y a medida que la economía del país se iba saneando y los números de pobreza cediendo, desde el kirchnerismo duro empezaron a ver con otros ojos la persistencia de los movimientos sociales en protestas callejeras o en tomas de tierras.

Creían que el país ya había dado un salto cualitativo con la reducción del desempleo a niveles mínimos y por ende estaba en condiciones de dejar atrás el paisaje social de piqueterismo que había dominado los años 90 y los primeros años de los 2000.

El Movimiento Evita era un actor político de relevancia dentro del Frente para la Victoria, con dirigencia activa en ámbitos institucionales, pero no estaba dispuesto a relegar su función social a través de cooperativas y otras formas de integración de los excluidos por el sistema.

Las diferencias de concepción sobre el rol de la economía popular tenían que ver justamente con diferencias de origen: mientras que el Movimiento Evita era hija del piquete de los 90, La Cámpora era hija de la expansión del Estado de los 2000, y cobijaba la idea de que desde el Estado es posible organizar toda la vida social, sin organizaciones intermedias.

«En esa época ya teníamos discusiones fuertes con Cristina sobre este tema. Ella nunca entendió el valor de la economía popular en la sociedad y el trabajo que hacemos las organizaciones sociales. Con algunos compañeros del kirchnerismo charlábamos del tema y parecía que entraban en razones, pero al poco tiempo se reseteaban y volvían a sacar a relucir sus prejuicios sobre los planes de trabajo y el rol de los movimientos», señaló un encumbrado integrante del Movimiento Evita.

Pese a los cortocircuitos, el crecimiento de la economía durante aquellos años de la llamada «Década Ganada» tapaba en cierta forma las desavenencias y era un paraguas que permitía que las tensiones en el frente oficialista pudieran ser administradas.

En 2012, La Cámpora y el Movimiento Evita se unieron para dar nacimiento a una experiencia que no pudo sostenerse por mucho tiempo. «Unidos y Organizados» fue el nombre que se le dio a una coordinadora de «orgas» kirchneristas en el que iba a apoyarse el Gobierno de Cristina Kirchner para la «profundización del modelo».

Era una suerte de reserva ideológica y al mismo tiempo un contrapeso al poder inercial del PJ y de la CGT, de las cuales Cristina Kirchner había tomado distancia. 

Desplazada de la toma de decisiones por La Cámpora, que pasó a hegemonizar Unidos y Organizados, el Movimiento Evita declaró fracasada la experiencia y se alejó del espacio. Argumentaban que UyO había pasado a expresar solamente a una parte y no a todo el espectro kirchnerista.

En la antesala a las elecciones del 2015, el Movimiento Evita siguió diferenciándose del kirchnerismo duro estrenando una consigna que se convirtió en sello identitario, además de soporte de la campaña presidencial de Jorge Taiana: «Somos lo que falta».

Articulando con otros movimientos sociales, desde la agrupación liderada por Emilio Pérsico ponían en discusión el relato de que en la «Década Ganada» había sido todo color de rosas. «Lo que falta» era justamente lo que el kirchnerismo no había podido resolver: el núcleo estructural de pobreza y la precariedad del trabajo del sector informal.

La discusión era exactamente la misma que ahora. Desde el Movimiento Evita señalaron que «sólo en la fantasía de alguien puede sostenerse la idea de un capitalismo serio que en la medida en que funcione seriamente va a poder absorber la mano de obra disponible que está por fuera del sistema formal, y que sobrevive a duras penas con changas o formas de trabajo precarias e inestables».

La ironía tiene claramente como destinataria a Cristina Kirchner, quien plantea con fuerza la idea de un «capitalismo en serio» con «todos adentro». «El pleno empleo podía ser una realidad en el siglo pasado, pero ahora la realidad es esta, y la economía popular existe y va a seguir existiendo, aunque algunos tengan una negación», agregaron.

En ese sentido, consideran que necesariamente el avance de la tecnología va dejando cada vez más gente por fuera del sistema y la tarea del movimiento popular es organizar ese trabajo y otorgarle derechos. 

La fractura queda expuesta

La candidatura del ex canciller no se pudo instalar en la sociedad y el Movimiento Evita terminó cediendo al «baño de humildad» que pidió Cristina Kirchner para los precandidatos que no medían. La derrota de Daniel Scioli a manos de Mauricio Macri a fines del 2015 terminó por romper los puentes con el cristinismo.

En los primeros meses de 2016, los diputados nacionales del Evita anunciaron la ruptura con el bloque del Frente para la Victoria, profundizando así la dispersión del peronismo.

En la época del macrismo se acentuaron al máximo las diferencias. El Movimiento Evita junto a otras organizaciones como el MTE, Barrios de Pie y la Corriente Clasista Combativa entablaron un vínculo con la entonces ministra de Desarrollo Social Carolina Stanley, para garantizar presupuesto para planes y programas de trabajo.

La fractura quedó más expuesta todavía en los últimos días con el duro cruce de declaraciones que protagonizaron Emilio Pérsico y Andrés Larroque.

En aquellos tiempos de «resistencia con aguante» por parte del kirchnerismo duro, La Cámpora acusó al Movimiento Evita de ser «colaboracionista» con el Gobierno de Macri, por «pactar paz social» a cambio de presupuesto para las organizaciones.

«Se fueron del Frente para la Victoria en el peor momento, cuando había que resistir. Ellos pactaron con Carolina Stanley, que les bajaba guita para que no hicieran quilombo», reprocharon fuentes de La Cámpora.

En 2017, con el vínculo definitivamente quebrado, el Movimiento Evita decidió no apoyar la candidatura a senadora nacional de Cristina Kirchner y sí se integraron a la campaña de Florencio Randazzo, a quien le habían negado competir en las PASO. «Le hicieron el juego a Cambiemos, que necesitaba que el peronismo vaya dividido», recordaron con malestar desde La Cámpora.

Desde el Movimiento contraponen una lectura diferente: fue Cristina Kirchner la que le hizo el juego a Cambiemos por no abrir la interna y crear su propio frente electoral (Unidad Ciudadana) por fuera del PJ. Curiosamente, el jefe de campaña de Randazzo no fue otro que el actual presidente Alberto Fernández, quien se encuentra en la mira del kirchnerismo.

La reunificación del peronismo en 2019 para ganarle a Macri invisibilizó por un tiempo las pujas internas, pero no pasó demasiado tiempo para que afloraran nuevamente las tensiones.

Frente al asedio permanente de Cristina Kirchner contra el rumbo económico del Gobierno, el Movimiento Evita se alineó al presidente, e inclusive organizó actos en su apoyo en los momentos en que el kirchnerismo duro intensificaba sus embates.

Así ocurrió cuando el ministro de Interior Eduardo «Wado» de Pedro puso su renuncia a disposición junto a decenas de funcionarios kirchneristas, en una movida para condicionar a Alberto Fernández, luego de una explosiva carta de Cristina Kirchner con críticas a la gestión. 

En 2020, cuando en medio de la cuarentena se produjo una oleada de tomas de terrenos en la provincia de Buenos Aires (siendo la más emblemática la de Guernica) y otras zonas del país, el jefe de La Cámpora, Máximo Kirchner, le transmitió al presidente su sospecha de que el Movimiento Evita había colaborado con algunas de las ocupaciones. 

Otro capítulo de desencuentro fue cuando en marzo pasado manifestantes apedrearon el despacho de Cristina Kirchner en el Senado, generando destrozos cuya reparación demandó miles de pesos. Aquel episodio despertó las sospechas de la vicepresidente respecto de que el autor intelectual del ataque pudo haber sido el propio Pérsico. La duda sigue flotando y nunca se despejó.

La votación en el Congreso del proyecto para autorizar la refinanciación de la deuda con el FMI fue un parteaguas. La Cámpora y otros diputados del kirchnerismo se rebelaron votando en contra del «pacto con el FMI», mientras que el Movimiento Evita se plegó a la posición del ministro de Economía, Martín Guzmán, quien se había puesto al hombro el acuerdo.

Cuando semanas atrás la vicepresidenta exhortó a Fernández a que use «la lapicera» para tomar decisiones en favor de las mayorías, el Movimiento Evita volvió a cerrar filas con el jefe de Estado.

Alberto Fernández retribuyó el apoyo días atrás luego de la diatriba de Cristina contra los movimientos sociales. A modo de desagravio, el mandatario puso el valor el trabajo de los movimientos populares en el contexto de la crisis y sin nombrarla, le envió un mensaje a Cristina Kirchner al instar a «no generalizar» cuando se insinúan supuestas picardías o manejos discrecionales de partidas por parte de los dirigentes sociales.

Días atrás, luego de la sonora respuesta del Movimiento Evita a las críticas que formuló la vicepresidenta en el acto de Avellaneda, el ministro de Desarrollo de la Comunidad bonaerense, Andrés «El Cuervo» Larroque, dijo que Pérsico «casi que tiene un problema psicológico con Cristina», y agregó que «fue la persona que más influyó en poner en tensión a Alberto con Cristina». En la misma sintonía, la senadora cristinista Juliana Di Tullio aseguró que Pérsico «es machista y tiene un problema personal con Cristina».

También la vicepresidente del bloque de diputados del Frente de Todos, Cecilia Moreau (integra el Frente Renovador pero tiene mucha cercanía al kirchnerismo) salió con los botines de punta contra el Movimiento Evita, y en defensa de la vicepresidente. «Al Chino Navarro le discuto donde sea que hay mujeres a las que le sacan una parte del plan social por ir o no a la marcha. Es una hipocresía no reconocerlo», lanzó la hija de Leopoldo Moreau.

Y continuó: «(Navarro) Es secretario de Relaciones Parlamentarias pero nunca lo vi por el Congreso. No es un funcionario que funcione», sostuvo parafraseando a Cristina Kirchner.

En este marco de conflictividad, La Cámpora y el Movimiento Evita medirán fuerzas el año que viene cuando se dispute el control de varios municipios de la provincia de Buenos Aires. La agrupación de Máximo Kirchner se verá forzada a aliarse a los intendentes para frenar las ambiciones del Movimiento Evita, que ya controla el municipio de Moreno con Mariel Fernández como intendenta.

La batalla central se librará en La Matanza, bastión del peronismo, donde la diputada provincial Patricia Cubría, esposa de Pérsico, se lanzó como candidata y buscará arrebatarle el municipio más populoso del Conurbano a Fernando Espinoza.