Este 1 de agosto Sergio Massa empezará formalmente a manejarse como superministro del deshilachado gobierno del Frente de Todos, pero por varios día ya no tendrá tiempo para consultar con la jefa del espacio, Cristina Kirchner, sobre las altas y bajas con la que piensa rellenar los casilleros del gabinete económico productivo que va a manejar, ni para discutir como piensa recomponer las reservas de divisas del Banco Central, estabilizar el dólar y atacar la inflación descontrolada.

Ya no estará disponible ni demasiado concentrada la vicepresidente en los temas económicos, porque desde muy temprano en la mañana tendrá que enfocarse en atender otra prioridad, tal vez la única cuestión de peso por la que se involucró de nuevo en el juego del poder en 2019: zafar de las causas judiciales por los numerosos actos de corrupción acumulados durante los gobiernos que ella presidió entre 2007 y 2015.

Alberto Fernández. Y Cristina Kirchner y Sergio Massa: la imagen del Gobierno, hoy.

El primer desprendimiento de esa bola de nieve judicial que la acecha sucederá precisamente este lunes. Comenzará en el Tribunal Oral Federal 2 el alegato del fiscal Diego Luciani, quien la va a acusar de haber sido la jefa de una asociación ilícita formada para direccionar buena parte de la obra pública de la provincia de Santa Cruz en beneficio del empresario amigo Lázaro Báez, con millonarios fondos del estado que, al final de una elaborada operación que incluía alquileres y otros movimientos de dinero, retornaban a cuentas propias y de su familia.

La exposición del fiscal Luciani ocupará no menos de 9 jornadas hábiles, al cabo de las cuales formalizará la acusación condenatoria contra Cristina Kirchner y varios de sus ex funcionarios de entonces. En la primera de esas audiencias, este lunes 1 de agosto, tendrán que estar presentes los acusados, visibles a través de la plataforma virtual que dispuso el Tribunal: es la foto que siempre quiso evitar Cristina Kirchner, la de una persona imputada por corrupción, asistiendo a la lectura de las pruebas contra ella, sentada en el banquillo de los acusados…

Haber llegado a esta situación es el motivo central -si no excluyente- de su enojo irreconciliable desde hace meses para con el presidente Alberto Fernández, a quien precisamente le había encomendado la misión -imposible- de voltear esta y otras causas complejas que la tienen acorralada, cuando hace tres años lo nominó para encabezar la fórmula presidencial.

No era la economía entonces, siempre fue la justicia.

Por cierto que también le preocupa el descalabro económico: caída estrepitosa de las reservas, inflación anual que va acercándose cada vez más a los tres dígitos, empobrecimiento generalizado, falta de inversiones, desconfianza interna y externa. Pero seguramente esta crisis le preocupa porque debilita su posición de poder y eso la deja a merced de las pruebas judiciales que la condenan, antes que por los motivos que angustian a los millones de argentinos que no saben si podrán llegar a fin de mes.

Es en este contexto que podría entenderse mejor lo que viene sucediendo en la cúpula del frente oficialista en los últimos tiempos. Sergio Massa no está pensado desde el kirchnerismo como la mejor solución para encarrilar la economía, sino como la última carta que tenían a mano. Y él lo sabe.

Desde esas óptica, no serían las ideas económicas de Massa sino sus contactos con referentes de la política de los Estados Unidos, el factor que decidió a Cristina Kirchner a aceptar ahora catapultar como superministro a quien fuera su antiguo jefe de gabinete, precisamente en reemplazo de Alberto Fernández tras la crisis con el campo de 2008.

Si esto es así, Massa tendrá ante sí un doble desafío, en los próximos meses: llevar algo de tranquilidad a los mercados para encarrilar un poco la economía y evitar una implosión institucional, es uno de ellos. De por sí es difícil, pero no el único ni el más sencillo. También deberá jugar una última carta para aliviar la situación procesal de su jefa política.

Probablemente lo intentará más en Washington que en Comodoro Py.

Fuentes irreprochables aseguran que allá tienen detalles prolijamente encarpetados sobre cada una de las causas de corrupción de los gobiernos Kirchner. De ahí que la preocupación por agradar a Washington no es nueva en la vicepresidente, como no fue casual que a pesar de que en las tribunas es amiga de arremeter verbalmente contra «los del Norte», este año se apresuró a recibir en su despacho del Senado tanto al embajador de Estados Unidos, Marc Stanley, como a la generala Laura Richardson, flamante jefa del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de ese país.

Departió amablemente con ellos y, sobre todo, escuchó lo que tenían para decirle.

De que las cosas mejoren un poco en la economía, dependerá la salud de lo que queda del Frente de Todos en las futuras elecciones. Si es insuficiente para ganar en la Nación, que al menos alcance para retener la provincia de Buenos Aires. Y ahí, de nuevo la única carta disponible para CFK era Massa: con algo más de caja a disposición, más el respaldo de sus empresarios amigos de siempre, Massa podría recomponer algo del apoyo que supo tener en sus años dorados en el conurbano; y sumarlo al núcleo militante que gira en torno a Máximo Kirchner y La Cámpora, para garantizarse el control del territorio bonaerense y trabajos seguros para los años de flaquezas.

Por todo eso, de nuevo, la prioridad es alejar del escenario los fantasmas de Comodoro Py.

Quizás porque las cartas son esas y no las que hubieran deseado, es que están cometiendo todo tipo de desprolijidades institucionales y diplomáticas. Como por ejemplo que en el revoleo (sin comillas, textual de Cristina Kirchner) de ministros en estas semanas, dinamitaron los tres últimos puentes del Presidente con el Papa Francisco: primero Martín Guzmán, luego Gustavo Béliz y Julián Domínguez.

No es un dato menor que Fernández y sus voceros siempre destacaron la relación que cultivaban con el Papa porque les brindaba una llegada directa con Joe Biden y, también, con Kristalina Gerogieva. A Massa, en cambio, el Papa nunca quiso recibirlo en Roma. Otra puerta que se cierra.

Destratos y papelones, uno detrás de otro. El designado superministro Sergio Massa lo dejó sólo a Daniel Scioli en la conferencia de prensa de despedida. Lo presentó y se fue.

Los papelones de Fernández y su reducido grupo de seguidores se acumularon en estos días difíciles. Como el que involucró a Daniel Scioli («no me considero eyectado», según dijo él mismo) a quien Massa se encargó de destratar incluso en su despedida (cuenta pendiente de 2013, cuando el entonces gobernador le juró que rompía con CFK y armaban lista juntos); y el de la pobre Silvina Batakis, a quien la hicieron hablar de más y prometer cosas en Estrados Unidos y ni siquiera esperaron a que volviera para sacarla.

Así las cosas, acecha la economía, sí, y por eso la urgencia de los cambios y la necesidad de lanzar algo más que medidas espasmódicas. Acecha también la fragilidad de un Presidente cada vez más sometido y desplazado de las decisiones principales que supone su investidura.

Pero la mayor de las acechanzas para la coalición gobernante es lo que viene a partir de este lunes 1 de agosto en el Tribunal Oral Federal 2.