Al contar la historia es difícil que la gente entienda la visión que tuvo Grisel a sus 56 años. Cuando se supone que se debería empezar a planificar la jubilación, a retirarse de la vida la laboral por el cansancio que tiene el cuerpo, ella compró una cueva en la costa de Punta Ballenas en Uruguay. Ella con Richard, un hombre que había conocido cuando eran estudiantes de sus carreras universitarias, que el tiempo separó y volvió a juntar.

Griselda Maymó, Profesora de Historia y Artista Plástica de profesión, y Ricardo Milberg, Abogado; hoy tienen más de 75 años los dos.

«Estaba llorando en la playa porque mi mamá había decidido vender la casa que teníamos acá y yo sabía que no iba a poder volver nunca más, porque no tenía plata para hacerlo» confesó Griselda Maymó, artista que trabaja curando cuadros. Sin miedo a lo que pueda pensar la gente, explicó con certeza que ella le pidió al río mientras lloraba que quería tener esa vista para toda la vida y «el universo no te da las cosas como vos querés, pero te da lo que pedís».

El día en el que Grisel cambió el rumbo de su vida, ella estaba sentada en la orilla del Mar Uruguay y un amigo pesquero se acercó para preguntarle qué le pasaba y le ofreció venderle la propiedad de los cambios de la cueva, una que estaba atrás de ella. Claro que se trataba de una usurpación, así que tuvo que quedarse viviendo allí, dónde la primer remodelación fue poner una reja con un nylon que hiciera de puerta, «un mes me quedé sin luz, sin agua, sin instalaciones» comentó Grisel entre risas.

Pero como gran artista, Grisel, necesitó transformar la estructura interna de la cueva y hacer una casa, un hogar que los acojiera toda la vida. «Estoy acá en la cueva, siguiendo los dictámenes de la loca, de mi mujer, que se le ocurrió ésta historia y yo la apoyé porque era tan inverosímil que me parecía posible» dijo Ricardo que estuvo con ella conviviendo 14 años en la cueva.

«Con unas rejas que una amiga las había tirado, hicimos la puerta, después el piso, conseguimos los ojos de buey en el Tigre y fuimos haciendo las ventanas, como era cerca del agua quisimos poner bastante bronce para que no se oxidara, y bueno, lo conseguimos» explicó Ricardo Milberg, quien con orgullo dio detalles de las formas en las que consiguieron cada uno de los elementos de la casa. Cada objeto de la casa, tiene una historia, una anécdota, una nueva aventura.

La vista de Casa Escultura, al mar. Hoy, allí, se dictan talleres de arte.

«Lo fuimos haciendo de apoquito, como se hacen las grandes cosas, de a pasitos» reconoció Maymó, quién recuerda con añoranza los «mejores años de mi vida», aquellos 14 años en los que vivió en la hoy bautizada Casa Escultura. A pocos metros de Casapueblo, la reconocida casa de Carlos Paéz Vilaró, exáctamente en el lugar dónde dicen que se ven los mejores atardeceres de todo el mundo.

«Este mar que tiene un sonido que es casi una respiración, porque hay mares que son muy agresivos, que rompen muy fuerte, este es muy glamoroso, entonces es como que te acuna» dijo Grisel y contempló la orilla de tal forma que invita a arriesgarse. «Los primeros días creo que fueron en verano, así que la pasamos bárbaro» recordó Ricardo que detesta el frío y a pesar de ello, pasó años acompañando la decisión de vivir en un lugar en el que el viento le hace justicia a las bajas temperaturas.

Ambos reconocen que los pescadores y la naturaleza les brindó muchas proviciones «lo único que hay que hacer es agradecer» explicó Milberg, «si te sentas acá te das cuenta, todo llega», sostuvo él casi en consonancia con la creencia de Grisel acerca de cómo el universo te provee. Pero claro que los malos momentos existen y las tormetas en las zonas costeras suelen ser más crudras, «el cielo derepente con fuegos artificiales, con rayos que dibujan cerebros en el cielo» contó ella, mostrando con sus ojos cómo en realidad una artista logra ver lo que pasa en el día a día.

Las risas de ambos, festejando la vida acompañaron toda la entrevista, que no se vieron apañadas tampoco cuando en 2006 recibieron la notificación del Estado por una denuncia que hizo un vecino. Es que claro, la usurpación era en terreno Defensa Marítima, a pesar de los intentos inmensos que realizaron por que la estructura externa se difuminara con el paisaje -y claro que lo lograron- pero hay unos minutos en el que el movimiento del sol se refleja en las ventanas y se logra divisar que hay una casa entre las rocas.

La casa cuenta con dos pisos, que hicieron a fuerza de voluntad y empuje Grisel y Ricardo.

«Estabamos citados en el juzgado, por ocupación ilegal» explicó tecnicamente Grisel, quién reconoció «igual ya habíamos vivido 9 años en la cueva, o sea si así hubiese sido que en vez de ser un cedulón -nombre de las notificaciones domiciliarias de Uruguay- venir un desalojo armado, partíamos, pero por suerte fue un cedulón». Pero hubo un papel que firmaron ante un escribano en el que compraban «los derechos procesorios», lo que les permitió retrasar el veredicto y obtener que «es de la intendencia y nos dejan a nosotros administrarlo, cuidarlo, en comodato -contrato o préstamo de uso, por el que una de las partes-«.

Durante los 5 años siguientes, siguieron viviendo allí, con la sorpresa de que un amigo de ellos se encontraba en Uruguay de visita y Grisel, recordó que su familia tenía un terreno que no se había logrado vender en otra zona de Punta Ballenas; y como dice ella «hay que saber bailar, aunque no te guste el tema que te toca, hay que bailar»; el amigo arquitecto, dato no menor, se mudó a la propiedad y comenzó a construir nuevamente con objetos donados por amigos y vecinos. A los 14 años de vivir en Casa Escultura, Richard y Grisel, se mudaron nuevamente a esperar la resolución final que les permitiría hoy seguir disfrutando la vista inmensa que la vida les presta a diario y seguir viviendo en Punta Ballena.